Ego... ¡déjame en paz!



Uno de los descubrimientos más valiosos ya la vez más aterradores con los que tropiezas en el camino del autoconocimiento es sin duda el del ego. Darte cuenta de que ha sido él quien ha llevado las riendas de tu vida y que es el responsable de tus miedos, de tus luchas y de tu sufrimiento hace que, por un lado, sientas un cierto alivio, pero al mismo tiempo te genera un profundo deseo de eliminarlo, de echarlo para siempre, para poder empezar un nuevo camino en libertad, lejos de su opresión y su gobierno dictatorial.

Decides que nunca más caerás en sus trampas, que no volverás a cometer los mismos errores, que podrás evitar su control para siempre... Pero cuando menos te lo esperas vuelve a dominarte, vuelve a sacar la cabeza haciendo una sonrisa maliciosa, como diciendo "¿Qué creías, que te podías deshacer de mí tan fácilmente?" Y aunque a veces tienes la sensación de que lo has esquivado y que has sido capaz de huir de sus garras, siempre llega el momento en que te atrapa y puede más que tú...

A veces lo ves venir, sientes que te está acosando a la espera de un momento de debilidad. O incluso te das cuenta de que ya está actuando mientras tú, a pesar de ser consciente de ello, eres incapaz de frenarlo y ves como te arrastra ... Una vez, otra ... Y te preguntas "¿Cuándo se acabará todo esto? ¿Cuándo podré por fin deshacerse de él? Cómo es posible que siga cayendo en lo mismo de siempre? ¿Cómo puedo acabar con él de una vez por todas? "

En el fondo, sin embargo, si te paras a pensar, el ego no es más que una creación de tu instinto de supervivencia, es el personaje que diseñaste para poder adaptarte a tu entorno, para sentir que se te aceptaba, para defenderte cuando creías que querían herirte, para sentirte importante cuando quizá nadie te valoraba... Te ha sido tan útil que has confiado en él plenamente y lo has dejado todo en sus manos, hasta el punto de olvidar que era tu creación.

 
Así pues, quizás en lugar de querer hacer fuera de nuestras vidas ¡le deberíamos agradecer su labor! Quizás si dejamos de luchar y de quererlo desterrar para siempre y empezamos a verlo por lo que es, sabiendo que ya no lo necesitamos y que fue nuestra propia creación, nos daremos cuenta que de la misma manera que surgió puede desaparecer. ¡En realidad es un personaje imaginario, alguien que nos hemos inventado, una máscara que nos hemos puesto para ir por el mundo sintiéndonos más seguros y más dignos de ser amados! Así pues, si no es real no podemos luchar contra él, no lo podemos eliminar porque no podemos eliminar algo que no existe.

Quizá sólo el hecho de tomar conciencia, de conocerlo, de observarlo cuando entra en acción sin juzgarlo es la única manera que tenemos para poder dejar de estar sometidos... No, no es nada fácil y quién sabe si nunca llegaremos a sacarnos del todo el disfraz, pero al menos ya no seremos unas marionetas en sus manos y, al menos de vez en cuando, sentiremos que, de verdad, somos libres .

Si te apetece, te invito a leer el siguiente texto, extraído del libro "El significación oculto de los Evangelios", de Osho.
 
                                                                                                                                                                   
 

El ego es sutil, sus caminos son muy sutiles, su funcionamiento es muy complejo. Es un enigma, pero que no se puede resolver —sólo puede mirarse una y otra vez, pero no puede ser resuelto. No tiene solución, porque esta incógnita no es algo accidental para el ego. El ego en sí es un misterio. Si fuera accidental, habría una forma de resolverlo. Es una incógnita, su naturaleza es desconcertante. Por lo tanto, todos los esfuerzos para resolverlo lo hacen más complejo, más difícil.

Si luchas contra él, estás luchando contigo mismo. Nunca puede haber una victoria, no puedes vencerlo peleando. Con la lucha estás dividiéndote en dos —el luchador y lo luchado. Y ¿contra qué estás peleando? No será más que el ego dividiéndote en dos, jugando a pelear. En ocasiones cada una de las partes pretenderá haber vencido a la otra; jamás vence nadie. La pelea se hace infinita y, mientras tanto, la energía se disipa, la vida se desperdicia. Recuerda, no puedes luchar contra el ego.

¿Puedes reprimirlo? La gente también lo ha hecho; pero eso no ayuda. Si reprimes el ego, se instala aún más profundo en tu interior. En lugar de desprenderte de él, cada vez estarás más envenenado por él, porque ¿qué estarás haciendo al reprimirlo? Lo estarás forzando hacia el inconsciente, lo estarás soterrando. El inconsciente es mucho más poderoso que el consciente. El ego en el consciente no tiene mucho poder. Una vez entra en el inconsciente, se vuelve nueve veces más poderoso que antes. En lugar de desprenderte de él, cada vez estarás más bajo su control. Y una cosa más: una vez que el ego es inconsciente, ya no sabrás nada sobre él. Se ha colocado a tus espaldas; ya ni siquiera puedes observarlo. Ahora eres completamente una víctima. Ya no puedes protegerte de él. No puedes hacer nada para salvaguardarte de él. Está allí detrás moviendo tus cuerdas. Serás como una marioneta en manos del ego. Pensabas que lo habías reprimido, pero la lucha no ayuda, la represión no beneficia.

Lo tercero que se ha intentado a lo largo de los siglos es la sublimación. Sublimarlo —dejar que se identifique con metas superiores. Entonces se condecora, se entroniza, y, naturalmente, se vuelve muy poderoso. Se identifica con la iglesia, con el país, con tu color, con tu ideología —socialismo, comunismo, fascismo, cristianismo, hinduismo. Se identifica con algún valor elevado, un valor utópico o incluso con Dios. Gobierna con supremacía, en el nombre de Dios. Pero Dios solo es una excusa. El auténtico soberano es el ego. Estas son las tres formas posibles: lucha, represión, o bien sublimación. Pero ninguna es de ayuda, porque la propia naturaleza del ego es tal que no admite soluciones.

Me han contado...

Una madre estaba en una tienda de juguetes y dijo: «¿No es demasiado complicado este juguete para un niño pequeño?».

El dependiente contestó: «Este, señora, es un juguete educativo especialmente diseñado para adaptar a los niños a vivir en el mundo de hoy: no importa cómo lo ensamble, siempre estará mal».

Así es el ego. De ninguna forma podrás salir de él. No hay remedio. Verlo es estar en el camino correcto. Ver su complejidad, su naturaleza enigmática y misteriosa, comprenderlo en su totalidad, este es el comienzo de la sabiduría. De otra manera, estará presente y llegará bajo formas más sutiles que te engañarán mucho más profundamente.

Los religiosos, las personas que llamamos religiosas, son engañadas por él, porque siempre se esconde tras las cortinas de la religión. A veces se presenta como humildad, otras como sumisión. Incluso puede aparentar ser falta de egoísmo, podría decir: «No tengo ningún egoísmo». Pero está allí y ahora está perfectamente protegido; ni siquiera sospecharás de su existencia. Observa a los que se llaman religiosos y verás un gran juego del ego. Ahora es devoto, y cuando el ego se vuelve piadoso es más venenoso. Es veneno piadoso. Te corrompe profundamente.

El ego ordinario en general no constituye un gran problema. Puedes ver que está allí. Incluso la persona que es su víctima sabe que lo tiene —conoce la enfermedad. Pero cuando se vuelve piadoso, cuando se disfraza de religioso, ni la víctima se da cuenta. Vive aprisionada y piensa que es libre.

Descubre un remedio y cada vez te verás en más problemas. ¿Por qué?; porque la mayoría de los remedios son una imposición. ¿Por qué la mayoría? TODOS los remedios están impuestos. Los encuentras en algún lugar fuera de ti, la clave te la da alguien ajeno a ti.

Si ves a un Buda, verás que parece muy humilde —lo es. Su humildad está presente. Puedes verlo en su cara, en su simplicidad, en su total inocencia; aquí has encontrado la clave —tal vez esta sea la forma de librarse del ego. ¡Esta no es la manera! Es una consecuencia, algo le ha sucedido que le ha llevado a no tener ego. Calcar su comportamiento únicamente hará de ti una copia de carbón. El ego no va a desaparecer. Puedes comer los mismos alimentos que Buda; puedes andar como él; puedes imitarlo perfectamente. Puede que seas un imitador muy hábil, pero el ego continuará estando allí, porque no hay manera de ver qué ha ocurrido en lo más hondo de Buda. Lo único que puedes observar es su comportamiento.

Por eso, una cierta escuela de psicólogos, los conductistas, dicen que el hombre no tiene alma; que todo radica en la conducta. Están siguiendo una cierta lógica, que consiste en que la conducta puede ser observada. El alma nunca ha sido vista, nunca ha sido observada; ¡nadie la ha visto! Por tanto, ¿cómo aceptar que existe? Todo lo que existe puede ser visto. Solo existe aquello que puede verse. ¿Has visto alguna vez el alma de alguien? Todo lo que puedes ver es su conducta y, aun así, sabes que tú no eres tu conducta.

Pero esto pertenece al interior, es una introspección. Por dentro tú sabes que: «Mi conducta no soy yo», porque muchas veces la conducta está allí, pero tú eres totalmente distinto de ella. Ves que alguien se acerca a tu casa y sonríes, pero sabes que no estás sonriendo. Es una sonrisa falsa, cortés, es parte de la etiqueta. Tienes que sonreír y lo haces —pero en el fondo no existe ninguna sonrisa. Así, por fuera estás sonriendo: esa es tu conducta; los conductistas terminan aquí. Pero por dentro no te ríes en absoluto: esta es tu alma, eres tú, tu yo más auténtico, no solo una representación, sino el yo más auténtico. Por fuera haces infinidad de cosas que por dentro pueden ser distintas, muy diferentes, tal vez incluso el polo opuesto de tu conducta.

Esto es introspección, no puede tomarse como una observación objetiva.

Si observas a Buda, si miras su comportamiento, puedes obtener algunas claves de él. Si ves a Jesús, si lo observas, puedes tomar algunas notas en tu mente, como: Esta es la forma de sentarse, está la de estar de pie, la de caminar, la de dormir, comer..., y estas son las cosas que hay que comer. Jesús se arrodilla para rezar y tú te pones de rodillas. Jesús, para orar, utiliza estas palabras mirando al cielo: «Padre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad...», y tú dices: «Sé cómo rezar». Te arrodillas... Millones de personas se arrodillan cada mañana, cada noche, por todo el globo terráqueo, repitiendo las mismas palabras que Jesús dijo: «Padre, el pan nuestro de cada día dánosle hoy». Y así van repitiéndolo, pero no sucede nada. Los millones de gente que rezan simplemente están perdiendo su tiempo, porque es apariencia, no es oración. Han aprendido un comportamiento, pero su alma no está en oración. La cuestión no es cómo orar sino qué rogar.

El otro día Gramya me decía que desde que se ha hecho sannyasin no sabe a quién reza, pero la oración está allí. Estaba un poquito desconcertada. Me preguntó: «... ¿estoy rezándole a Dios, estoy rezándote a ti, Osho, o a quién? Ya no sé nada acerca de Dios». Yo le contesté: «Esta es la mejor oración —vaga, borrosa, pero más viva».

Ahora la oración no está siendo dirigida a nadie en concreto, ni siquiera a Dios; entonces, ¿cómo puedes dirigirla al Dios cristiano? Va sin dirigir. Es todo un derroche de alegría, de agradecimiento, de gratitud —gratitud hacia el todo. Un tipo de agradecimiento. No importará mucho las palabras que utilices o ni siquiera si utilizas palabras. El silencio bastará, a veces el gibberish servirá —lo que los cristianos llaman «hablar en lenguas»—, también valdrá. Esto será mucho mejor. Disfrutar emitiendo sonidos como un niño pequeño —«ga ga»—, esto será suficiente.

Todo consiste en tener una actitud devota, en la cualidad interna de la oración, en tu rendición, en no seguir estando separado del todo. Este remedio no puede imponerse desde fuera, todo lo contrario, simplemente estarás haciendo posturas vacías, gestos vacíos —perfectos para el exterior pero sin respirar desde el interior en absoluto, sin vitalidad, sin vida.

La oración es un estado, no un ritual. La oración es un estado de silencio interior, de humildad, de amor, gratitud, rendición, abandono. No tiene nada que ver con las formulaciones externas. Pero todos los remedios vienen del exterior. La gente sigue cambiando de remedio. Si uno falla, inmediatamente saltan a otro; y si también falla, continúan así —de un gurú a otro, de un remedio a otro, de un libro sagrado a otro, de un templo a otro—, así sucesivamente. Sin ver el hecho auténtico: que no es posible ningún remedio, que no existe ninguno, que buscar un remedio es buscar en vano. Y ¿por qué?, porque los remedios son impuestos desde el exterior, es una intrusión, una interferencia en tu ser natural —intrusión en tu yo natural. Son manipulaciones. Crea tres yoes donde antes solo había uno. Anteriormente sólo había un ego. Si utilizas algún remedio, habrá tres egos. Has multiplicado el problema, lo has hecho más difícil. Ahora va a serte mucho más difícil deshacerte de él. Y si todavía consigues un remedio más, en lugar de tres egos tendrás nueve. Cada remedio te dará tres egos en lugar de uno.

La gente ha utilizado muchos remedios y se han convertido en muchos egos. Mahavira utilizó la palabra correcta. Lo llama Bahuchittavan —polipsíquico; uno no tiene una mente sino muchas. Sobre esto investigan también los psiquiatras modernos, psicoanalistas y psicólogos. Uno es polipsíquico. No llevas sólo un ego dentro de ti, llevas muchos. Ego sobre ego —están haciendo cola, te rodean por todos los lados, son como una muchedumbre. Estás perdido entre la multitud, no sabes quién eres, porque hay demasiados farsantes a tu alrededor diciéndote: «Esto eres tú. Yo soy tú. ¿Dónde miras? Yo soy tú mismo». Cada deseo, cada fragmento de tu mente reclama ser el amo y señor, así es como se crea la esclavitud.

Cada remedio aporta a tu ser tres egos en lugar de uno. ¿Cómo es esto? Al aceptar un remedio eres ese quien ya eres, además de ser aquel que te ayuda a ser alguien distinto de quién eres, y además eres el otro que esperas llegar a ser. Aquel que ya eres; más el objetivo de querer llegar a no tener ego; y el remedio, la ayuda que utilizas para intentar llegar al objetivo; esto hace que estés dividido en tres. Esta división no te servirá de ayuda, te confundirá; te volverá cada vez más insulso, insensible, enfermo, neurótico, esquizofrénico. El remedio demuestra ser mucho más peligroso que la enfermedad en sí.

Por tanto, lo primero a entender es que el ego es el problema básico que cualquiera que esté buscando su auténtico yo tiene que afrontar. No se puede contrarrestar con nada exterior. Ningún remedio va a ser de ayuda, ninguna medicina, ningún método. Entonces, ¿no hay manera de librarse de él?

Existe una forma, pero no puede imponerse desde el exterior. El modo no se parece a un remedio, la vía es la claridad, la transparencia, mirar una y otra vez, observar cómo funciona el ego, ver sus juegos sutiles. Lo expulsas por la puerta delantera y él regresa por la puerta trasera. Lo echas de un sitio y se impone desde otro lado. Piensas que ya te has librado de él y de pronto descubres que está sentado allí dentro. Así pues, sin hacer ningún tipo de condena, hay que mirar al ego una y otra vez, sin pensar que quieres perderlo. Llegar a esta conclusión será un impedimento, porque significa que has tomado la decisión antes de haberlo observado. Por tanto, entra en el ego sin ninguna conclusión, sin ninguna idea de qué quieres hacer. Entra con la sola idea de querer comprender este misterio del ego, en qué consiste. Todas las religiones dicen que el ego es el obstáculo, todos los grandes Maestros dicen que hay que librarse de él, todos los místicos dicen que nada entorpece el camino excepto el ego. Pero tú no sabes en qué cosiste este ego.

Así, lo primero es entrar en él con inocencia. Observa sus maneras; son muy mecánicas. Lo primero con lo que te cruzarás es su mecanicismo. El ego no es un todo orgánico, es mecánico porque se compone del pasado muerto. El ego se asienta en el pasado. Y si en alguna ocasión el ego piensa en el futuro, eso también no es más que una proyección del pasado y desde el pasado —quizá algo modificado, sofisticado, adornado, pero es la misma cosa. Deseas los mismos placeres que tuviste en el pasado. Desde luego esperas que sean algo mejores. Tu pasado se proyecta en el futuro, pero el pasado está muerto, no es más que memorias —eso es todo en lo que el ego consiste.

Por lo tanto, si entras en el ego sin ninguna conclusión, la primera experiencia será esta: podrás ver que es mecánico. ¡Pero tú eres una unidad orgánica! Tú eres un fenómeno vivo y el ego está muerto, lo muerto está rigiendo a lo vivo. Por eso la gente tiene ese aspecto tan pesado, tan arrastrado. Sus vidas parecen no ser más que una larga historia de aburrimiento, de monotonía. Esta no es la cualidad de la vida —el aburrimiento no es calidad de vida— el aburrimiento existe porque la vida arrastra con toda la carga de la muerte, la vida está demasiado cargada de muertos. La sepultura se hace cada vez más grande, y la vida es invadida desde cada lado.

La primera experiencia, que es una gran revelación, es ver que el ego es tu pasado. No es tu presente. El ego nunca está en el presente. Si entras en él, te quedarás sorprendido. Si en este preciso momento, entras dentro de ti mismo, no encontrarás ego alguno. Y si lo encuentras, solo serán fragmentos del pasado flotando en la consciencia presente. En la consciencia presente nunca aparece el ego, ESA es tu realidad. Sin embargo, la consciencia del pasado, que en absoluto es consciencia sino memoria, está muerta —en eso consiste tu ego. Tu nación, tu familia, tu educación, tus experiencias, tus certificados —todo ello desaparece. Todo se va por el desagüe, deja de existir, pero sigue influyendo en tu mente. Puede destruir toda tu vida. (…)

Y recuerda, el pasado crece cada día más, porque cada momento que pasa se vuelve pasado. Así, cada vez se hace más y más grande. El ego de un niño es menor que el de un anciano, esa es la diferencia entre ellos. El niño está más cerca de Dios, el anciano está muy lejos. Si quiere acercarse más a Dios, el anciano tendrá que volverse un niño otra vez.

¿Por qué dice una y otra vez Jesús: «Salvo que seas como un niño, no entrarás en el reino de Dios»? ¿Por qué?

Está diciendo que a menos que vuelvas a estar tan vivo como un niño, sin pasado... «Niño» quiere decir alguien que no tiene pasado; «anciano» significa alguien que lo único que posee es el pasado. Cuanto más envejeces, más grande se hace el pasado y el futuro empieza a desaparecer. El niño tiene futuro, el anciano pasado; el niño piensa en el futuro, el anciano únicamente recuerda su pasado, entra en la nostalgia del pasado. Siempre recuerda cómo eran las cosas «en los viejos tiempos» y constantemente fantasea con lo infinitamente bueno que era su pasado. Más o menos es imaginación, consuelo.

Según vas haciéndote mayor, la carga del pasado es cada vez más pesada y, aun antes de acontecer la muerte, ya has muerto. Aquellos que tienen conocimiento dicen que la gente muere alrededor de los treinta, y que son enterrados cerca de los setenta. Durante cuarenta años están viviendo una vida que está muerta. Los hippies tienen razón cuando dicen «No confíes en quien tenga más de treinta años». Hay una cierta verdad en ello, porque la persona mayor de treinta cada vez está menos viva. Invierte más en el pasado muerto. Deja de ser un rebelde, deja de ser libre, ya no responde al presente. Ha perdido la espontaneidad; todo está decidido. Se ha vuelto muy conocedor, continuamente reitera sus conocimientos y sigue comportándose como en los viejos tiempos, que quedan por completo fuera de contexto, que ya no son relevantes. Pero él sigue adelante y nada funciona en su vida, porque nada puede funcionar.

En cada momento la vida es nueva y tienes que responder desde tu novedad interior, tienes que estar abierto a lo nuevo como tal. Tienes que reaccionar, no desde tus conocimientos, sino desde tu consciencia presente. Solo entonces funciona la vida, de lo contrario no funciona. Si tu vida no marcha, recuerda; el ego es lo que está obstaculizando, lo mecánico está inmiscuyéndose en lo orgánico. Librarse de lo mecánico es estar con Dios, porque significa estar con la unidad orgánica de la existencia.

¿Qué debes hacer? Tienes que observar, tienes que aprender las formas del ego. Según vas caminando por la calle, observa cómo se introduce el ego. Si alguien te insulta, observa —no pierdas esta oportunidad— cómo el ego levanta la cabeza, cómo se crece de repente. Si alguien te elogia, mira cómo te inflas como un globo y te vas volviendo cada vez más y más grande. Simplemente observa qué pasa con tu ego, en distintas situaciones, en diferentes momentos. No hay prisa en sacar una conclusión. Es un asunto complicado, es uno de los mayores problemas —de hecho es el más grande, porque si se resuelve, inmediatamente Dios está a disposición. En ese mismo momento tú estás en Dios y Dios está en ti.

Es un problema serio, no puedes tener prisa. Tienes que ir muy despacio, con mucho cuidado, para no perderte nada. Durante unos cuantos meses observa tu ego, quedarás sorprendido. Te sorprenderá ver que el ego solamente puede controlarte si no eres consciente de él. En el momento en que te das cuenta de un determinado funcionamiento del ego, esa función desaparece. Simplemente observándolo con totalidad, su funcionamiento desaparece. Allí donde pongas tu luz de consciencia, el ego desaparece. Tienes la auténtica clave. Ahora puedes aportar más luz al funcionamiento de tu ego y llegará un día que verás que ha desaparecido por completo. No lo has reprimido, por tanto, no puede volver a resurgir. No has luchado en absoluto contra él, no le has dado ninguna energía. Luchando le das energía. No lo has sublimado; no lo has convertido en un ego divino. No has hecho nada con él, simplemente lo has observado. Observar no es hacer. Y el milagro consiste en que por no-hacer, el ego desaparece.

De hecho, decir que desaparece no es correcto. Tengo que utilizar el lenguaje, y por eso muchas veces tengo que emplear expresiones incorrectas porque son las de uso frecuente y no existe otro lenguaje. Cuando digo «desaparece», quiero decir que no se encuentra. Nunca estuvo allí, fue un invento. No era más que nuestra ignorancia, nuestra falta de consciencia lo que permitió su existencia.


3 comentaris:

  1. ¡Muchas gracias, Dolors! Una reflexión genial y, a la vez, muy útil.

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  2. La pura verdad, gracias por el documento

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