¿Te amo?



A lo largo de la vida he amado mucho, muchísimo, pero también he hecho daño. Hasta ahora era consciente de que el dolor que había provocado en otras personas a menudo era consecuencia de mi propio dolor, y eso me ha ayudado a ser compasiva conmigo misma y a poder llegar a perdonarme.

Sin embargo, desde la muerte
de mi marido me he dado cuenta de que el mal más grande lo he causado, precisamente, amando. Tomar conciencia de ello ha sacudido los cimientos más profundos de lo que consideraba mi "yo" hasta hundirlos, pero a la vez me ha abierto la puerta a un tipo de amor que creo que es el único que merece ese nombre.

Quizás sí que
en algunas ocasiones, en algunos instantes, he sentido y he dado un verdadero amor incondicional, pero sólo han sido eso: instantes. Creo que la mayor parte del tiempo lo que he hecho ha sido querer, desear, poseer y manipular para que aquellos a quienes he amado fueran como yo esperaba que fueran, se comportaran como yo quería que se comportaran y me dieran lo que yo deseaba que me dieran.

Sin que
me diera cuenta, la absurda idea de "quiero ayudarte" escondía la ridícula creencia de "yo más", y en mi intento de mejorar la vida de los demás no les he permitido ser quienes eran o quienes todavía son.

Sin duda
han sido mis dos maridos y mis hijas quienes más han "sufrido" mi amor. El pasado no lo puedo cambiar y desgraciadamente las consecuencias de lo que haya hecho ya no las puedo eliminar. Sólo confío en que, como siempre, el dolor que me ha provocado el hecho de darme cuenta se transforme en el regalo de un aprendizaje que me permita, a partir de ahora, ser capaz de amar de verdad .

Te dejo
con las palabras de un gran maestro. Dice cosas que todos "sabemos" pero que creo que la inmensa mayoría no somos o no hemos sido capaces de aplicar. A veces te impacta como un puñetazo en tus convicciones más arraigadas, pero si verdaderamente "entras" en lo que quiere transmitir das cuenta de que lo que creías era sólo un engaño.

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¿Qué significa intentar ayudar a los demás? A menudo es más parecido a intentar cambiarlos que a respetarlos y quererlos incondicionalmente.
Hay una gran diferencia, y extraordinariamente significativa, en­tre intentar cambiar al otro y ayudarle. Cuando ayudas a alguien le ayudas a ser él mismo; cuando intentas cambiar a alguien, in­tentas cambiarlo de acuerdo con tus ideas. Cuando intentas cam­biar a alguien intentas hacer una fotocopia. No te interesa la per­sona; tú tienes cierta ideología, una idea fija, un ideal, e intentas cambiar a la persona de acuerdo con ese ideal. Lo más importante es el ideal, el ser humano en sí no te importa nada.
En realidad, es violento intentar cambiar al otro de acuerdo con algún ideal. Es una agresión, un intento de destruir al otro. No es amor ni es compasión. La compasión siempre le permite al otro ser él mismo. La compasión no tiene ideología, la compa­sión es una atmósfera. No te da una dirección, solo te proporcio­na energía. Entonces te desarrollas. Entonces tu semilla tiene que brotar según su propia naturaleza. No hay nadie que te im­ponga nada.
Cuando digo: «Ayuda a los demás», quiero decir que les ayu­des a ser ellos mismos. Cuando digo que el mundo no es religio­so debido a la existencia de tantos predicadores, quiero decir que hay demasiada gente que intenta cambiar, convertir y transformar a los demás según su propia ideología. Una idea no debería ser más importante que una persona. Ni siquiera toda la huma­nidad tiene más importancia que un solo ser humano. La hu­manidad es una idea; el ser humano es una realidad.
Olvídate de la humanidad y recuerda al ser humano; lo verda­dero, lo concreto, lo que palpita, lo que está vivo. Es muy fácil sa­crificar a los seres humanos en nombre de la humanidad. Es muy fácil sacrificar a los seres humanos en nombre del islam, el catolicismo o el hinduismo; es muy fácil sacrificarlos por la idea de Cristo o de Buda. Ayuda pero no sacrifiques. ¿Quién eres tú para sacrificar a nadie? Cada individuo tiene su propio fin. No lo utili­ces como un medio.
Cuando Jesús dice: «El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado», ese es el significado. Todo está hecho para el hombre; el hombre es el valor supremo. Incluso la idea de Dios es para el hombre; el hombre no es para la idea de Dios. Sacrifícalo todo para el hombre pero no sacrifiques al hombre por ninguna cosa. Entonces estás ayudando.
Si empiezas a sacrificar al ser hu­mano, no estarás ayudando. Estarás destruyendo y mutilando al otro. Eres violento, eres un criminal, del mismo modo que lo son tus llamados maes­tros religiosos que intentan cambiar a los demás. Uno sólo puede amar, ayudar, estar listo para dar incondicionalmente.
Comparte tu ser, pero permite que el otro vaya hacia su propio destino. Ese destino es desconocido; nadie sabe qué va a florecer. No le des un patrón, de lo contrario aplastarás la flor. Y recuerda que cada individuo es único. Nunca ha existido un ser así antes y nunca volverá a existir. La existencia no se repite, no es repetiti­va. No cesa de inventar.

Si pretendes que un hombre sea como Jesús estarás siendo destructivo. Jesús no podrá repetirse nunca. ¡Y tampoco hay ninguna necesidad! Uno es hermoso pero muchos serían senci­llamente aburridos. No intentes hacer a una persona como Buda. Déjale que se convierta en él mismo, esa es su budeidad. Tú no sabes qué es lo que lleva dentro de sí y él tampoco. Sólo el futuro puede mostrarlo. Y no sólo te sorprenderás tú, sino que la propia persona se sorprenderá cuando se abra su flor. Todo el mundo lleva dentro de sí una flor con un potencial infi­nito y con un poder de infinitas posi­bilidades.
Ayúdale, dale energía y amor. Acep­ta al otro y hazle sentirse bienvenido. No le provoques un sentimiento de culpabilidad, no le hagas creer que lo desapruebas. Todos los que intentan cambiarle le hacen sentir culpable y la culpabilidad es un veneno.
Cuando alguien dice «¡Sé como Jesús!», está rechazando tu forma de ser. Siempre que alguien te dice que seas como otra per­sona, no te está aceptando a ti. No eres bienvenido, eres como un intruso. No serás amado a menos que te conviertas en otra per­sona. ¿Qué clase de amor es ese que te destruye y sólo se da cuan­do te conviertes en algo falso y no auténtico?
Si eres auténtico, sólo puedes ser tú mismo. Todo lo demás será falso, serán máscaras, personalidades, pero no será tu esen­cia. Puedes decorarte con la personalidad de Buda, pero nunca te llegará al corazón. No estará relacionado contigo, no tendrá nada que ver contigo. Sólo estará en el exterior. Un rostro que nunca será tu rostro.
Quien sea que esté intentando convertirte en otra persona y te diga «Te querré si eres como Buda o como Cristo...», no te quiere. Tal vez ame a Cristo, pero a ti te odia. Y su amor por Cris­to tampoco puede ser muy profundo porque si realmente ama a Jesús habría comprendido la singularidad absoluta de cada indi­viduo.
El amor es una comprensión profunda. Si has amado a al­guien, habrás desencadenado dentro de ti una cualidad de visión diferente. Ahora puedes ver con claridad. Si has amado a Jesús, te encuentres con quien te encuentres, verás la realidad de esa persona, de ese ser humano específico, de su potencial aquí y ahora. Amarás a esa persona, le ayudarás a convertirse en lo que él o ella pueden convertirse. No esperarás nada más. Toda expec­tativa es una descalificación, una negación, un rechazo. Simple­mente das tu amor sin esperar una recompensa, sin esperar un resultado. Ayudas sin tener en la mente un futuro.
Cuando el amor fluye sin un futuro, hay una enorme energía. El amor ayuda cuando fluye sin motivación, y no hay nada que pueda ayudar tanto como eso. Aunque sólo haya un ser humano que te acepta, eso te hará sentirte centrado. La existencia no te ha recibido mal. Por lo menos hay un ser humano que te quiere incondicionalmente. Eso te da un arraigo, te centra y te da la sen­sación de estar en casa. Cuando estás lejos de ti mismo estás le­jos de la existencia, de tu casa. La distancia entre tú y tu ser es la distancia entre tú y tu casa, no hay más distancia. De manera que quienquiera que diga «Sé otra persona», te está alejando de tu casa. Te volverás falso y te pondrás máscaras. Tendrás personali­dades, carácter y mil otras cosas, pero no tendrás alma; no tendrás lo esencial. No serás una conciencia sino una decepción, un pseudofenómeno; no serás auténtico.
Por eso, cuando digo ayuda, estoy diciendo que simplemente crees una atmósfera alrededor de las personas. Lleva esa atmós­fera de amor y compasión vayas donde vayas y ayuda a los demás a ser ellos mismos.

Es lo más difícil del mundo —ayudar a los demás a ser ellos mismos— porque va contra tu ego. A tu ego le gustaría que los demás fuesen imitadores. Te gustaría que todo el mundo te imitase; te gustaría convertirte en el arquetipo y que todo el mundo fuese como tú. Entonces tu ego estaría muy, muy satisfecho. Te crees el original y los demás tienen que copiarte. Te conviertes en el cen­tro y todo el mundo se vuelve falso.

No, al ego no le convence. Quiere cambiar a los demás con arreglo a sus ideas. Pero ¿quién eres tú para cambiar a nadie? No te hagas responsable de eso. Es peligroso; así es como nacen to­dos los Adolf Hitler. Son personas que se responsabilizan de cambiar el mundo con arreglo a sus ideas. En la superficie hay una gran diferencia entre un Mahatma Gandhi y un Adolf Hitler. Pero en el fondo no hay ninguna dife­rencia, porque ambos quieren cambiar el mundo con arreglo a sus ideas. Uno puede estar usando métodos violentos y el otro puede estar usando métodos no violentos, pero los dos están usando métodos para cambiar a los demás con arreglo a sus ideas.
Uno puede usar una bayoneta y el otro amenazarte con que «Voy a hacer un largo ayuno si no me haces caso». Uno puede estar amenazándote con matarte y el otro puede estar amenazándote con matarse si no se le sigue, pero los dos están usando la fuerza. Los dos están creando situaciones en las que pueden obligarte a ser algo que no quieres ser y que nunca has querido ser. Los dos son políticos. Hitler no te ama, y Gandhi tampoco. Gandhi habla del amor, pero no ama. No puede amar porque la idea en sí —el ideal de cómo deberías ser— se lo impide.
Sólo hay una forma de amar a las persona y es amarlas tal como son. Y ahí está la belleza: cuando las amas como son, cam­bian. No según tu criterio sino según su propia realidad. Cuando las amas se transforman. No se convierten; se transforman. Se vuelven algo nuevo, alcanzan nuevas alturas del ser. Pero eso su­cede en su ser y de acuerdo con su naturaleza.
Ayuda a la gente a ser natural, ayuda a la gente a ser libre, ayu­da a la gente a ser ellos mismos y no intentes obligar a nadie, no intentes tirar, empujar y manipular. Ese es el camino del ego. Y eso es política.
¿Cuándo el sentir cariño por alguien se acaba convirtiendo en una intromisión en su vida?
En el momento que entra la ideología se convierte en una intro­misión. El amor se vuelve amargo, se convierte casi en un tipo de odio y tu protección se convierte en una prisión. La ideología es la que marca la diferencia.
Por ejemplo, si eres una madre cuidas a tu hijo. Tu hijo te ne­cesita, no puede sobrevivir sin ti. Eres imprescindible porque necesita alimentos, amor, cariño... pero no necesita tu ideología. No necesita tus ideales ni tu cristianismo, hinduismo, tu islam o tu budismo. No necesita tus escrituras ni tus creencias. No nece­sita tus ideales de cómo debería ser. Simplemente evita los idea­les, los objetivos, las metas; entonces el cariño será hermoso, será inocente. De lo contrario, será interesado.
Cuando en tu cariño no hay ideologías, no quieres convertir a tu hijo en cristiano, no quieres hacer de él esto o lo otro, comu­nista o fascista, no quieres que se convierta en empresario, mé­dico o ingeniero... No tienes ideas preconcebidas para tu hijo. «Yo te querré y cuando crezcas, tú elegirás —le dices—, sé lo que naturalmente quieras ser. Seas lo que seas, tienes mi aprobación y decidas lo que decidas, por mi parte lo acepto y lo apoyo. Esto no significa que te vaya a querer si te conviertes en el presidente de la nación, y no te vaya a querer y me avergüence de ti si solo eres un carpintero. No te daré una buena acogida sólo cuando llegues con una medalla de oro de la universidad, y me sentiré avergonzado si fracasas. No vas a ser mi hijo solo si eres bueno, virtuoso, moral, y esto y aquello, y si no es así, no tendrá nada que ver contigo y tú no vas a tener nada que ver conmigo».
En cuanto introduces una idea empiezas a corromper la rela­ción. El cariño es algo hermoso, pero cuando ese cariño compor­ta alguna idea, entonces es interesado. Es un trato, tiene sus con­diciones. Y todo nuestro amor es interesado; de ahí la infelicidad que hay en el mundo, el infierno en el que se vive. No es que no haya cariño, hay cariño, pero muy interesado. La madre cuida, el padre cuida, el marido cuida, la mujer cuida, el hermano, la her­mana... todo el mundo cuida. La gente cuida demasiado y sin em­bargo el mundo es un infierno. Aquí debe de haber un error, algo está fundamentalmente equivocado.
¿Cuál es ese error fundamental? ¿Dónde fallan las cosas? El cariño tiene condiciones, «¡Haz esto! ¡Sé aquello!». ¿Alguna vez has amado a alguien sin poner condiciones? ¿Alguna vez has amado a alguien tal como es, sin querer mejorar a la persona, sin querer cambiarla; aceptándola absolutamente, totalmente? Entonces sabes qué es el cariño. A través de ese cariño te sentirás sa­tisfecho y ayudarás inmensamente al otro.
Y recuerda, si cuidas sin ningún in­terés, sin ambición, la persona a la que cuidas te amará para siempre. Pero si tu cariño tiene alguna intención, la persona a la que has cuidado no será capaz de perdonarte jamás. Por eso los niños no pueden perdonar a sus pa­dres. Pregunta a los psicólogos o a los psicoanalistas; casi todos los casos que tratan son de personas cuyos padres les cuidaban demasiado cuando eran niños. Y su cariño era interesado, frío y calculado. Querían satisfacer algu­nas de sus ambiciones a través de sus hijos.
El amor debe ser un regalo. En el momento que tiene una eti­queta con un precio deja de ser amor.

Osho, “Compasión. El florecimiento supremo del Amor”

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