Ni "sí" ni "no" (versión en castellano).




Los vecinos del maestro zen Hakuin le respetaban como a quien lleva una vida pura.
Cierto día se descubrió que una guapa chica que vivía cerca de Hakuin estaba preñada.
Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron al maestro, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».
Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación, aunque tal cosa no parecía afectarle demasiado.
Hakuin lo cuidó muy bien. Consiguió leche, alimento y todo cuanto el niño necesitaba de sus vecinos.
Pasado un año, la joven madre no pudo aguantar más, de modo que les contó la verdad a sus padres: el padre verda­dero era un muchacho que trabajaba en el mercado del pes­cado. La madre y el padre de la chica fueron inmediatamen­te a contarle la historia a Hakuin, se deshicieron en excusas y tras pedirle perdón, quisieron recuperar al niño.
El maestro, entregándoles al pequeño sin hacerse rogar dijo: «¿Ah, sí?».

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¿Qué es una vida pura? ¿Qué es lo que llamas pureza? Por­que lo que llamas pureza no es la pureza verdadera. Tu pure­za es un cálculo, un cálculo moral. Tu pureza no es la pureza de un santo -su pureza es inocencia-. Tu pureza es una espe­cie de astucia, un truco.

Esto es lo primero que hay que comprender. Sólo si lo en­tiendes a fondo podrás saber lo que es un sabio, lo que es un santo, lo que es un hombre de conocimiento. Porque si tomas mal la medida, si la base misma de juicio es falsa, todo el res­to será falso.

La pureza verdadera es como un niño: inocente; inocente en cuanto a lo que es bueno y lo que es malo; inocente res­pecto de toda distinción. La pureza verdadera no conoce qué es Dios y qué el diablo. Pero tu pureza es una elección, una elección de Dios a costa del diablo, de lo bueno a costa de lo malo. Ya has establecido una distinción, ya has dividido la existencia. Y una existencia dividida no puede llevar a la ino­cencia.

La inocencia florece únicamente cuando la existencia es indivisa. La aceptas tal cual. No escoges, no divides, no esta­bleces ninguna distinción. En realidad no sabes lo que es bue­no y lo que es malo. Si lo sabes, calcularás, y la pureza será entonces un artificio, no una floración.

Voy a contarte una anécdota: Jalil Gibran escribió un cuento precioso. Un sacerdote se dirigía al templo. Justo al lado de la carretera vio a un hombre a punto de morir. Estaba sangrando, como si hubiera sido objeto de un grave ataque. Se encontraba lleno de heridas y perdía mucha sangre.

El sacerdote tenía prisa; tenía que llegar al templo a la hora, la gente debía de estar allí esperando. Pero era un hom­bre de principios; no diré de pureza... era un hombre de prin­cipios. Reflexionó sobre lo que tenía que hacer. Calculó y a continuación pensó: «Es mejor ayudar a este hombre que se está muriendo. Es lo que dijo Jesús. Es mejor olvidar el tem­plo, los creyentes; ellos pueden esperar un poco. Pero a este hombre hay que ayudarlo enseguida, si no se morirá».

De modo que se acercó al herido; pero en cuanto le vio el rostro se asustó. Esa cara le parecía familiar, y muy malvada. Entonces de pronto recordó que en su templo había un cuadro del diablo, que no era otro que ese hombre. ¡Era el diablo! Así que empezó a correr hacia el templo.

El diablo le llamó: «¡Sacerdote, escucha! -dijo-. Si muero te arrepentirás por siempre jamás. Porque si muero, si el mal muere, ¿dónde estará Dios? Si el mal muere, ¿cómo sabrás lo que es bueno? Existes gracias a mí. ¡Piénsalo!».

El sacerdote se detuvo. El diablo tenía razón: si él moría, no habría infierno. Y si dejaba de existir el miedo, ¿quién ado­raría a Dios? Todas las plegarias se basan en el miedo. Estás asustado, tu amor por Dios se basa en el miedo del diablo. El mal es la medida de tu bondad. Dios necesita al diablo.

El diablo dijo: «¡Dios me necesita! No puede existir sin mí. Todos los templos se derrumbarán y nadie acudirá a adorar. No encontrarás ni a un solo hombre religioso si yo no existo. Yo los tiento; gracias a mi tentación se hacen santos. ¿Has oído hablar de un santo que no haya sido tentado por el diablo? Tu Jesús, tu Zoroastro, tu Buda, ¡todos ellos fueron tentados por mí! Yo fui quien los hizo santos. De modo que, ¡vuelve!».

El sacerdote vaciló un poco, pero el diablo era lógico, lo es siempre; es la lógica encarnada. No puedes razonar con él, no puedes discutir. Si discutes, pierdes. No puedes ganar una dis­cusión con el diablo.

El sacerdote tuvo que darle la razón. Dijo: «Parece que tie­nes razón. ¿Dónde estaríamos sin ti?». De modo que llevó a cuestas al diablo hasta el hospital. Esperó allí hasta tener la certeza de que ya no había peligro y que sobreviviría, y de esta forma también sobrevivirían todos los templos, todos los sacerdotes y todas las religiones.

Este sacerdote es un hombre moral, pero no un hombre puro. Su vida es un cálculo matemático, y si calculas ya has sido vencido por el diablo. No puedes calcular mejor que él. Si discutes, si divides la vida, si ésta se convierte en un pro­blema lógico, ya no tienes posibilidad de vencerle nunca. El juego ya está perdido. Estás perdiendo la batalla.
Un hombre de inocencia no sabe quién es Dios y quién es el diablo. Un hombre de inocencia vive con su inocencia, no con sus cálculos. No es astuto, es sencillo. Vive momento a momento, ni el pasado ni el futuro tienen para él sentido al­guno. Le basta el momento presente.

Pero tu moral..., tu moral ha sido creada por el sacerdote que ayudó al diablo; porque discutió, y discutió bien. Tu moral no es pura. De modo que cuando hay alguien que puede com­portarse como piensas que debe hacerlo un hombre puro, que puede manipularse a sí mismo, le honras, le respetas, le llamas santo. Tus santos son tan de pacotilla como tú, porque tú decides y juzgas quién es santo. Tu moral no es más que miedo, un mie­do oculto, y lo disimulas tan bien que nunca lo descubres.

¿Cómo puede volverse inocente un cálculo? Y si no te vuelves inocente, inocente como los árboles, inocente como los animales, inocente como los recién nacidos, ¿cómo pue­de sucederte la pureza? No es algo que puedas controlar. Si controlas, es represión y siempre está presente lo contrario. Si te vuelves casto, el sexo está ahí escondido, en el inconscien­te, esperando el momento de exigir, de rebelarse. Si te vuelves no violento, la violencia está allí. El contrario no puede ser eliminado. Si escoges, el contrario queda siempre reprimido; es lo único que puedes hacer. Sólo en una mente inocente de­saparece el contrario, porque nada se ha escogido: el contra­rio no puede existir sin elección.

Por eso Krishnamurti recomienda continuamente no esco­ger y vivir sin escoger: es ésta la base de la inocencia. Pero tú puedes engañarte a ti mismo escogiendo no escoger: «Como Krishnamurti dice "No escojas", no escogeré». Si tú decides, ha entrado en escena la voluntad, y la voluntad es astuta. Si tú decides no escoger, tu abstención será parte de una moral, no de la pureza.

Limítate a comprender, no escojas, ni siquiera escojas no escoger. Limítate a comprender el conjunto de la situación: que todo cuanto escojas, todo cuanto hagas, nacerá de la men­te calculadora. No puede ser lo auténtico. Tu mente sólo pue­de producir sueños, no puede producir la verdad. Ésta no pue­de ser producida, nadie puede producirla. Está ahí; hay que verla. No hay que hacer nada, basta con una mirada, una mi­rada sin prejuicios, una mirada sin elección, una mirada sin distinciones.

Un hombre de Dios, si ha reprimido, si ha negado al dia­blo, no es un hombre de Dios auténtico. El diablo estará a la vuelta de la esquina. Una vez que has dividido, estás atrapado en la batalla de los contrarios y serás aplastado. Si no decides, no sabes lo que es bueno, lo que es malo, te limitas a acep­tar cuanto sucede. Sucede, ¿qué puedes hacer? No se puede hacer nada. De modo que flotas como una nube blanca. No sa­bes adónde vas, ni por qué vas. El viento sopla hacia el norte, vas hacia el norte; el viento vira entonces hacia el sur, te des­lizas hacia el sur. Flotas con el viento. No dices: «Voy hacia el sur, no puedo ir hacia el norte». No luchas.

Un hombre de pureza no es un soldado, es un santo. Y un hombre de moral es un soldado, no es un santo. Claro está que la lucha es por dentro, no por fuera. Claro que la lucha no es con otro, sino consigo mismo; pero hay lucha.

No te hace falta ser un luchador. Y si luchas, perderás la batalla. ¿Cómo puedes luchar contra el todo? Sólo eres una parte diminuta, una parte atómica. ¿Cómo puedes luchar con­tra el todo? Un hombre de pureza ni lucha ni se rinde, porque también la rendición pertenece al soldado. Primero lucha, lue­go encuentra imposible ganar, y entonces se entrega. Su en­trega es también de segunda mano, llega gracias a la lucha. Un hombre de pureza sencillamente existe. No es un lucha­dor, no tiene por qué rendirse. No hay nada que entregar, na­die a quien entregarlo. ¿Quién va a entregarse y qué es lo que hay que entregar? Nunca ha luchado.

La comprensión te lleva a la aceptación, y ésta te da pure­za. Pero esta pureza no puede ser honrada por la gente, por los vecinos: no la pueden entender. La moral pertenece a un país, la pureza no pertenece a ningún país. La moral pertenece a una época, la pureza es intemporal. La moral pertenece a esta sociedad, o a esta otra: hay tantas morales como sociedades. La pureza es una, vayas donde vayas es la misma, como el sabor del mar: vayas donde vayas es salado.

Si saboreas un Buda, un Jesús, un Ramakrishna, todos ellos son como el mar -el mismo sabor salado-. Pero un hom­bre de moral es diferente. Un hombre de moral, si es musul­mán, será diferente; si es hindú, no puede ser igual. Si es cris­tiano, también será diferente. Un hombre de moral tiene que seguir el código, la ley de la sociedad. Las sociedades son mu­chas, las morales son millones. Las sociedades cambian, las morales cambian. La pureza es eterna: trasciende el tiempo y el espacio. Trasciende clima, países; trasciende tribus. Tras­ciende cuanto está hecho por el hombre. La pureza no está he­cha por el hombre; las morales sí lo están.

Ahora deberíamos entrar en esta bella historia, que suce­dió en realidad, es un hecho histórico.

Los vecinos del maestro zen Hakuin le respetaban como a quien lleva una vida pura.

No sabían, no se daban cuenta de que la pureza de sus mentalidades no puede aplicarse a este hombre. No se daban cuenta. Pensaban: «Es un hombre moral», y no era un hombre moral. Era un hombre puro, un hombre inocente, pero no un hombre moral. Era un hombre religioso, y recuerda la dife­rencia, pertenecía a la inocencia eterna, era como un niño. Pero la gente le respetaba porque todavía no se habían dado cuenta de la distinción entre moral y pureza amoral.

Pensaban que era un santo, pero no era santo tal como ellos lo entendían. Era un santo, pero no un santo que puede ser medido por ti. Tus reglas no pueden aplicarse aquí. Ten­drás que abandonar tus medidas y mirar; sólo entonces el san­to, el auténtico santo, se te revelará.

Cierto día se descubrió que una guapa chica que vivía cerca de Hakuin estaba preñada.
Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron a Hakuin, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».

Ni lo negaba ni lo aceptaba. No se comprometía. No decía: «No soy responsable». No decía: «Soy responsable». Sólo de­cía algo muy poco comprometedor; decía: «¿Ah, sí?», como si no tuviera que ver con él, indiferente, totalmente ajeno al asunto. Simplemente preguntaba: «¿Es cierto que soy el padre del niño?».

¿Qué significa esto? Significa una aceptación tan total que ni siquiera se necesita la aceptación. Porque cuando dices: «Acepto», en el fondo has negado. Cuando dices sí, el no está implícito. Él no podía siquiera decir sí. ¿Quién era él para de­cir sí o no? Si tal cosa había sucedido, si era un hecho, enton­ces él iba a ser tan sólo un testigo del mismo. Si la gente ha­bía llegado a pensar que él era el padre, entonces ¿por qué molestarles innecesariamente y decir algo así o asa? No iba a escoger. Esto es ausencia de elección. No iba a ser esto o lo otro, no iba a defenderse.

La pureza nunca está a la defensiva. La moral siempre lo está, por eso se ofende muy fácilmente. Basta con que mires a un moralista, a un puritano, para que se sienta ofendido. Si di­ces algo, se ofende; inmediatamente lo negará y se defenderá. Pero éste es uno de los descubrimientos básicos de todo busca­dor: que cuando defiendes algo significa que estás asustado.

Si Hakuin hubiera sido un santo ordinario se hubiera de­fendido, y también se hubiera defendido honestamente, no ha­bía problema a este respecto: más tarde se demostró que el niño nunca había sido suyo, no era el padre. Un santo ordina­rio, por decirlo de alguna forma, un hombre de moral, incluso si hubiera sido el padre, se hubiera defendido. Y Hakuin no era el padre, pero no se defendió.

La inocencia es inseguridad, por eso es inocencia. Si la de­fiendes y la haces segura, no es inocencia, ha entrado en esce­na el cálculo.

¿Qué debe haber pasado dentro de Hakuin? ¡Nada! Se limi­tó a escuchar el hecho de que la gente había empezado a creer que él era el padre, por lo que preguntó: «¿Ah, sí?». ¡Nada más, eso es todo! No reaccionó de ninguna manera. No iba a decir sí, ni no. No estaba a la defensiva, estaba abierto y vulnerable. La inocencia es vulnerable; es total vulnerabilidad, apertura.

Cuando defiendes, cuando dices que esto no es así, estás asustado. Sólo el miedo es defensivo. En ausencia de miedo no puede haber defensa. El miedo siempre se protege. Si alguien dice que no eres honesto, inmediatamente te defiendes. ¿Por qué? ¿Por qué preocuparse tanto por esto? ¿Por qué reaccio­nar? Porque sabes que eres deshonesto. Por eso duele. La ver­dad duele mucho, porque la herida existe. Sabes que eres des­honesto, y si alguien dice que eres deshonesto no puedes reír, te pones serio. Tienes que defenderte, de otro modo la cosa llegaría a saberse. Tienes que luchar, sino el mundo empeza­ría a pensar que eres lo que eres.

Y si la gente se entera de que eres deshonesto, será difícil serlo, porque sólo si la gente cree que eres honesto puedes continuar siendo deshonesto. Así funciona. La gente tiene que creer que eres un hombre sincero, sólo así puedes mentir. Si todo el mundo sabe que eres un mentiroso, ¡se acabó! ¿Cómo puedes mentir entonces? Hasta las mentiras necesitan que haya una especie de confianza a tu alrededor.

Únicamente puedes ser un ladrón si la gente piensa que eres un santo, entonces es muy fácil ser ladrón, porque no in­tentarán protegerse de ti.

Una persona inmoral defenderá siempre su carácter. Inten­tará demostrar que es un hombre de carácter, pero esto de­muestra que no tiene carácter. Si no eres deshonesto y alguien dice que eres deshonesto, dirás: «¿Ah, sí? Quizás, puede ser, ¿quién sabe?». Dirás: «Observaré de nuevo. Tengo que obser­var de nuevo mi interior. Acaso tengas razón».

Pero esto es honestidad. ¿Cómo puede ser deshonesto un hombre que dice: «Observaré, intentaré averiguar. Acaso ten­gas razón»? Esto es auténtica honestidad. Este hombre no puede ser deshonesto. Pero si eres deshonesto y alguien te lo dice, te ofendes. Te defiendes porque te ofendes. Estás siem­pre preparado y dispuesto a responder. Llevas encima certifi­cados de carácter: «Soy un hombre de carácter».

El miedo crea una armadura. Ahora la psicología profunda se ha dado cuenta de que todos los caracteres son armaduras.

Nace un niño, no sabe lo que es bueno, lo que es malo. En­tonces hay que enseñarle a hacer distinciones. Si hace algo que es considerado malo se le castiga. ¿Qué sucede con la mente del niño? ¿Qué sucede en su consciencia? En lo que res­pecta a su inocencia, no puede ver lo que aquello tiene de malo. ¿Por qué es malo? Pero el padre y la madre, que son po­derosos, dicen: «Esto es malo, y si lo haces serás castigado. Si no lo haces, serás apreciado, premiado».

Tiene que escucharles, porque son poderosos, y tiene que reprimirse a sí mismo y a su propia inocencia. Crea una ar­madura alrededor de sí mismo. Algunas cosas que no tiene que hacer empiezan a darle miedo, porque si las hace, le cas­tigarán. Debe hacer algunas otras cosas, porque entonces le premiarán.

Se crea la codicia, se crea el miedo. Y entonces el niño pasa a través de muchas experiencias en las que es castigado, en las que es premiado. Poco a poco, crea un carácter alrede­dor de su consciencia. Carácter significa crear hábitos que la sociedad considera buenos y destruir hábitos que la sociedad considera malos -esto es carácter-. Y este carácter es una ar­madura, porque si no lo creas la sociedad te destruirá. La so­ciedad no te permitirá existir. Para existir, para sobrevivir, tie­nes que confeccionar un carácter, pues de otro modo acabarás en la cárcel, castigado.

¿Por qué estáis tan en contra de los criminales? ¿Por qué los castigáis tanto? No porque sus crímenes sean tan grandes, no porque la justicia así lo exija, no. Os estáis vengando. Han desobedecido a la sociedad, os han desobedecido a vosotros, a la estructura, a lo establecido. Son rebeldes. Le estabais di­ciendo: «Esto es malo», y ellos lo siguieron haciendo; la so­ciedad se vengará. Y vuestros tribunales y jueces no son en re­alidad hombres de justicia, son verdugos. Son los asesinos nombrados por la sociedad, en nombre de la justicia, para ven­garse. Asesinan, matan, pero en nombre de la justicia.

Un hombre roba, es un ladrón. Le envían a la cárcel por cinco años, siete años, diez años. ¿Va a servir de algo? Cuan­do sale, ¿le va a impedir volver a robar? No, al contrario; sal­drá convertido en un ladrón más perfecto, porque en la cárcel se encontrará con los maestros. Allí aprenderá los secretos de la profesión, allí se enterará de por qué le han cogido, en qué falló. La próxima vez no será tan fácil cazarle. Se volverá más eficaz, estará más alerta.

Vuestro castigo nunca cambia a nadie. Pero seguís casti­gando y decís: «Le estamos castigando para cambiarle». Un hombre asesina, entonces la sociedad le asesina... Dicen: «¿Por qué asesinaste?». Pero esto parece una estupidez. Él ha asesinado, hizo algo malo, y ahora la sociedad lo asesina a él, ¡Y la sociedad no hace nada malo! ¿Y cómo va a cambiarle el hecho de matarle? Ya no existirá.

¡No! Os estáis vengando. Y sabéis en el fondo que no sólo es la sociedad la que está haciendo esto, vosotros lo estáis ha­ciendo también. Sois un padre, o una madre; castigáis a vues­tro hijo. ¿Habéis observado alguna vez vuestra mente, por qué castigáis? Id hasta el fondo y allí encontraréis una actitud ven­gativa. Diréis: «Le estamos enseñando. ¿Cómo va a aprender si no es castigado?». Pero éstas sólo son racionalizaciones. In­teriormente, el padre se siente herido porque el niño ha deso­bedecido, ha sido rebelde, ha hecho algo que se le dijo que no hiciera: el ego del padre se siente herido.

Si observáis las escrituras antiguas, el Antiguo Testamen­to, el Corán y otras escrituras, inmediatamente os daréis cuen­ta de que Dios es muy vengativo. Te envía al infierno, no por­que lo exija la justicia, sino porque has desobedecido. En el Antiguo Testamento, se dice: La obediencia es virtud, la de­sobediencia es pecado. No es cuestión de lo que se te diga, la obediencia es virtud, y la desobediencia, pecado.

Si la obediencia se hace forzosa, nace un carácter. Entonces el niño empieza poco a poco a aprender; aprende, se vuelve cal­culador -qué hacer, qué no hacer-. La inocencia es envenena­da. Ya no queda inocencia, ha aparecido el cálculo. Y ahora ya sabe cómo influenciarte, cómo manipularte, cómo ser un niño bueno para ser premiado y cómo no ser un niño malo.

Y esta armadura del carácter funciona en doble sentido. Se protege a sí mismo de la sociedad, pero en el fondo la consciencia no sabe lo que es bueno y lo que es malo. Por lo que tiene que luchar consigo mismo continuamente. Este carácter se convierte en un arma de doble filo: exteriormente es una protección contra la sociedad, interiormente es una lucha constante.

Te enamoras de una mujer y no es tu mujer. ¿Qué hacer? La sociedad te ha enseñado que esto es inmoral. Pero incluso tu consciencia se ha enamorado, porque la consciencia no sabe lo que es inmoral y lo que es moral. Sucede algo, no puedes remediarlo. Tu carácter empieza a luchar y dice: «Esto es in­moral, evítalo, contrólalo. No vayas en esta dirección, es malo». Entonces empiezas a luchar. Esta lucha crea ansiedad, tu espontaneidad se pierde. Para los otros, eres un hombre de carácter; no puedes perder tu reputación, porque entonces el ego se perdería.

Por dentro tú también piensas que eres un hombre de ca­rácter. Empiezas a sentirte culpable, empiezas a castigarte. Tantos monjes en tantos monasterios ayunan no por ser un acto religioso, sino como auto castigo. Se sienten culpables, continuamente. Y es muy difícil encontrar un monje que no se sienta culpable, muy difícil, porque todo es malo: mirar una mujer bella es malo, comer algo sabroso es malo, sentirse có­modo es malo; todo es malo. Continua culpabilidad, de modo que ¿qué hacer ahora?   

Sólo queda una cosa... No es un criminal, porque no ha he­cho nada, por lo que la sociedad no le puede castigar. Y todos le respetáis. Así que ¿qué puede hacer? Tiene que castigarse a sí mismo. Comenzará un ayuno. Empezará una vigilia de siete días. No se permitirá dormir, no se permitirá sentirse cómodo, no comerá cosas sabrosas, no mirará nada bello, no gozará de nada. De esta manera se castigará a sí mismo, y cuanto más se auto castiga, más honorable se vuelve a vuestros ojos. Y no es, sino un hombre enfermo, un pervertido.
Es patológico, es un caso clínico. Hay que estudiarlo, no respetarlo. Algo le ha fallado dentro. Su mente no está bien: se halla dividido, fragmentado, está continuamente en contra de sí mismo. Esto es lo que significa ansiedad: cuando estás en contra de ti mismo, estás ansioso. Luchar continuamente con­tra ti mismo creará tensión.

Y nunca te puedes permitir nada, porque temes que si, lo haces todo lo que has reprimido saldrá a la superficie. No pue­des relajarte. Vuestros así llamados santos no pueden relajar­se. Ni siquiera durmiendo pueden hacerlo, porque tienen mie­do de la relajación. Si se relajan, ¿qué sucederá? Entonces el cuerpo dirá: «Ponte cómodo». Entonces la mente dirá: «En­cuentra sabroso el alimento, encuentra alimento sabroso». Entonces el cuerpo deseará: «Encuentra una mujer, encuentra un bello cuerpo que abrazar. Encuentra alguien con quien te puedas unir y fundir». Si te relajas, también se relajará todo lo que has reprimido. De modo que vuestros santos no pueden relajarse, tienen miedo de hacerlo. Están tensos, continua­mente tensos, se puede sentir esta tensión. Si te acercas a un santo, a su alrededor hay un campo de tensión. Si te acercas a un santo también te pondrás tenso.

Pero un santo auténtico, un sabio, que es un hombre de pu­reza, no un hombre de moralidad, está continuamente relaja­do... y si te acercas a él te sentirás relajado. Pero entonces quizás te asustes, porque en ese estado de ánimo es más fácil que tus propias represiones empiecen a aflorar.

Mucha gente viene a mí y dice: «Esto es peligroso, porque cuando meditamos y nos relajamos, muchas cosas que no nos estaban molestando antes, empiezan a molestamos».
Un hombre casado con seis hijos vino a mí hace unos días y dijo: «Nunca en mi vida he mirado a otras mujeres, nunca. Pero ¿qué está ocurriendo? Estoy meditando y por primera vez, y tengo ahora cuarenta y ocho años, seis hijos, una espo­sa y todo va bien, de repente, las mujeres se han vuelto muy atractivas. ¿Qué hacer?». Ahora tiene miedo. Debe haber es­tado reprimiendo este sentimiento a lo largo de cuarenta y ocho años. Ahora, de pronto, ha aprendido cómo relajarse. Pero cuando te relajas, lo haces totalmente, de modo que cuanto ha sido reprimido se relaja también.

Por primera vez se está volviendo joven. «En realidad -le dije- nunca has sido joven. Ahora te estás volviendo joven otra vez, de modo que las mujeres se han vuelto atractivas para ti. Pero no tengas miedo, todo se va a volver atractivo ahora: los árboles parecerán diferentes, las flores parecerán diferentes, ¿y por qué no una mujer? Todo va a ser diferente. Y si tienes miedo de que esto ocurra, entonces la existencia nunca será bella para ti.

“Y cuando toda la existencia se ha vuelto bella, has llega­do a la puerta de la divinidad, nunca antes. Si tienes miedo de una mujer, ¿qué pasará cuando Dios llegue? Será tan bello que olvidarás completamente a tu mujer. ¿Qué harás? Tienes miedo de una mujer, ¿qué sucederá contigo cuando una belle­za tremenda estalle en el mundo, por todas partes? De modo que no te cierres...».

Pero él dijo: «Quizás tengas razón, pero ¿qué pasará con mi familia? Tengo hijos».
Éstos son los temores. Con una mente reprimida, la relajación es lo más peligroso. Te acercas a mí y preguntas: «¿Cómo rela­jarse?». No sabes lo que estás preguntando, porque tu sociedad te ha entrenado para no relajarte, tu sociedad te ha enseñado cómo controlar, y aquí yo te estoy enseñando a relajarte. Es algo total­mente antisocial. Pero Dios es antisocial. El más allá es antiso­cial. Tu sociedad es creación de mentes patológicas como la tuya.
Han hecho normas y reglas, y los tipos patológicos son siempre muy eficaces a la hora de hacer reglas y normas. Ellos mismos están reprimidos y tristes; quieren que los demás también estén reprimidos y tristes. No pueden permitirte ser tan feliz.

Observa al profesor de una escuela primaria, con una vara en la mano, matando niños pequeños que todavía son felices. La sociedad no los ha destruido, todavía son espontáneos. Ob­serva a este profesor: triste, enfadado, siempre enfadado, siem­pre matando lo natural, el Tao, lo espontáneo. Sólo será feliz cuando todos estos niños se vuelvan viejos y muertos. Enton­ces se sentirá cómodo, habrá hecho su trabajo.

Los psicólogos dicen que quienes se sienten atraídos por las escuelas, para convertirse en maestros, son gente sádica. Y no hay nada como una escuela si eres un sádico, porque los ni­ños son tan débiles, tan indefensos, que puedes hacer con ellos cualquier cosa. Les pegas y no pueden rebelarse. Haces algo y no pueden responder, tendrán que aguantar. Y estás ha­ciendo esto por su propio bien, de modo que no se te puede re­prochar. Le estás ayudando a crecer.

Pearl ha dicho que toda la sociedad está loca y que los ni­ños caen en manos de muchos locos. Llegan inocentes, pero in­mediatamente nos ocupamos de ellos y los convertimos en lo­cos. Algunos de ellos huyen por la puerta de servicio: son criminales. Y otros huyen por la puerta principal: son sabios.

Los sabios y los criminales tienen una cualidad en común: la rebeldía. Pero el criminal se ha torcido en su rebeldía. Su rebeldía es destructiva, no creativa. Mientras que el santo ha tomado un camino de rebeldía, pero creativa.

Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron a Hakuin, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».
Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación, aunque tal cosa no parecía afectarle demasiado.

Un sabio, un hombre puro, no encuentra muy diferente que le honres o le deshonres. De hecho, lo que pienses de él no tie­ne importancia.              

¿Por qué te importa tanto lo que piensan los otros? ¿Por qué las opiniones de los otros son tan importantes para ti? ¿Por qué te preocupas tanto? Porque no sabes quién eres. De­pendes de sus opiniones sobre ti. Es el único conocimiento que tienes sobre ti mismo. Si dicen que eres bueno, eres bue­no. Si dicen que eres malo, eres malo. No tienes nada dentro que pueda decir: «Sus opiniones son sus opiniones. Si soy bueno, soy bueno; lo que digan no cambia nada. Si soy malo, soy malo. Todo el mundo puede respetarme como a un santo, pero si soy malo, sé que soy malo, y esta fama no puede con­vertirse en un sustituto, es inútil. Y si soy bueno, todo el mun­do puede decir que no soy bueno, malo, perverso, el mismo diablo encarnado, ¿cómo puede esto cambiar nada?».

Quien se conoce a sí mismo nunca se preocupa por lo que piensas de él. Pero quien no se conoce a sí mismo siempre está preocupado, porque todo su conocimiento consiste en tus opiniones. Su conocimiento es sólo un archivo en el que ha acumulado lo que la gente piensa de él. Esto no es conoci­miento de sí mismo. Es ignorancia de ti mismo, que escondes, disfrazas, mediante las opiniones de los demás. Tu identidad, tu imagen, está hecha por los otros. Estás condenado a una constante ansiedad porque los demás van cambiando sus opi­niones.

Las opiniones son como el clima: nunca es igual. Por la mañana estaba nublado y ahora las nubes se han ido. Ahora hace sol, y poco después está lloviendo. Las opiniones son como las nubes, como el clima. ¿Qué puedes hacer tú? Mira a Richard Nixon: hace un instante lo era todo, y poco después, nada. La opinión ha cambiado, quienes estaban a su favor es­tán ahora en contra, ¡y los mismos!

Esto es lo mejor del caso: la misma gente que te sienta en el trono te arrojará de él. Hay una dinámica, una ley interna, que la gente que te respeta en el fondo también te falta el res­peto. Quienes te aman también te odian, porque están dividi­dos. No son uno. De modo que después de ayudarte a llegar al trono, una parte de ellos se ha acabado: la parte del amor. ¿Qué sucederá ahora con la parte del odio? Inmediatamente la parte del odio empieza a funcionar. De modo que en cuanto un hombre se convierte en respetable el clima comienza a cambiar. En cuanto un hombre se ha convertido en presidente o en primer ministro, los votantes están ya cambiando. En re­alidad, en el momento de votar una parte se acaba: la parte del amor. Ahora aflorará la parte del odio. De modo que la misma gente te lleva al trono, y la misma te hace bajar de él.

Sólo un sabio permanece impertérrito. ¿Por qué? Porque nunca presta atención a lo que dices. Lo que dices es de hecho basura. No sabes nada de ti mismo, y dices algo de Mahavira, Buda, Cristo. No sabes nada de ti mismo, y estás tan seguro de Jesús, de si es bueno o malo. Es basura. Y una persona puede prestar atención a tu basura únicamente si es como tú. Un sa­bio no es como tú, y ésta es la diferencia.

Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación.

Naturalmente, obviamente, los mismos que pensaron que era un sabio empezaron a pensar que se trataba de un diablo. Había cometido el pecado más grave, porque para la gente el sexo es el pecado más grave.

Estás tan en contra de la vida que el sexo se ha convertido en el pecado más grave, porque el sexo es el origen de la vida.

Estás tan muerto por eso el sexo se ha convertido en el peca­do más grave. El sexo es el fenómeno más vivo del mundo. No hay nada tan vivo como el sexo. Llegas a través de él, al igual que los árboles o los pájaros; todo llega a través de él. Y todo lo que se vuelve vivo lo es gracias a él; el sexo es la fuen­te originaria.

Si puedes dar un paralelo a Dios en este mundo, es el sexo. Por eso los hindúes han creado su símbolo, el shivalinga. Los hindúes son realmente excepcionales, sin comparación en este mundo, gente muy valiente, al hacer del shivalinga, el órgano sexual de Shiva, el símbolo de la divinidad.

El sexo es lo más divino en este mundo. Pero ¿por qué lo llamas pecado? Porque desde un principio te han enseñado que es un pecado. Te has olvidado completamente de que sa­liste de él. Y has disimulado el hecho de que cuando la ener­gía sexual se acabe en ti, morirás. La vida es la energía sexual latiendo dentro de ti.

Por eso un joven está más vivo, y un viejo está menos vivo. ¿Qué diferencia hay entre un joven y un viejo? En los jóvenes, la energía sexual está crecida. En el viejo, el aprovi­sionamiento ha desaparecido, la corriente está bajando. Se ha convertido en un chorrito. En cuanto la energía sexual desa­parece, estás muerto.

El sexo es vida, y hemos hecho de él el mayor pecado. En el fondo estamos contra la vida.
Por eso cuando te enteras de que un santo ha tenido una re­lación sexual, toda su reputación desaparece de golpe. Si fue­ra un ladrón no sería tan malo, le hubieras podido perdonar. Si se dedicara a acumular dinero, vuestros santos se dedican a ello, le hubieras podido perdonar; no sería un gran problema, la codicia no es un gran problema. Cualquier otra cosa que hubiera estado haciendo, le hubieras podido perdonar, pero sexo... ¡Imposible!

Nos hemos vuelto enemigos tan mortales de él que los cristianos dicen que Jesús nació sin sexo. Porque ¿cómo pue­de Jesús nacer del sexo, el pecado original? ¿Cómo puede Je­sús nacer del sexo? Todo el mundo nace del sexo; Jesús, no. Como el sexo es algo tan peligroso, dicen que Jesús nació del Espíritu Santo. Jesús no tiene padre, no ha habido contacto se­xual. Salió de la matriz sin ningún contacto con el otro sexo.

¿Por qué este sinsentido? Pero dejemos a un lado a Jesús y a los cristianos. ¡Tú! Si piensas siquiera que tu padre, en uno u otro momento, debe estar haciendo el amor con tu madre, te sentirás culpable. ¿Cómo naciste tú? No eres un bastardo. Pero sólo pensar en tu padre haciéndole el amor a tu madre... Todo esto parece feo. Parece tan feo que no puedes imaginar a tu padre haciéndolo. Otros pueden estar haciéndolo, pero ¿tu padre? ¡Imposible! Has nacido de un padre bramachari, célibe; es lo que los cristianos dicen de Jesús.
Y cuando llegas a la certeza de que un santo, un gran sabio como Hakuin, ha dejado preñada a una chica, obviamente no sólo se ha esfumado el respeto. Debió de ser fuertemente insulta­do. Debe de volverse imposible para él ir por la ciudad pidiendo limosna. La gente seguramente le arrojaría piedras, los mismos que le habían llevado guirnaldas y flores y se habían inclinado ante sus pies, los mismos. Pero Hakuin no se inmutaba.

Hakuin lo cuidó muy bien. Consiguió leche, alimento y todo cuanto el niño necesitaba de sus vecinos.
Pasado un año, la joven madre no pudo aguantar más, de modo que les contó la verdad a sus padres.

Debió de ser demasiado para ella ver que el respeto por Hakuin se perdía, que la gente le insultaba, que toda la ciudad estaba en su contra, y que él, mientras tanto, seguía mendi­gando por el niño, para conseguir leche y alimento, las puer­tas se cerraban en sus narices.

Debió de ser verdaderamente difícil para ella.
... de modo que les contó la verdad a sus padres: el padre verdadero era un muchacho que trabajaba en el mercado del pescado.

Siempre trabajan en el mercado del pescado, los padres verdaderos.

La madre y el padre de la chica fueron inmediatamente a contarle la historia a Hakuin, se deshicieron en excusas, y tras pedirle perdón, quisieron recuperar el niño.
El maestro, entregándoles al pequeño sin hacerse rogar, dijo: «¿Ah, sí?».

En gracia o en desgracia, el sabio sigue igual. Respetado, in­sultado, el sabio sigue igual. En la vida o en la muerte, el sabio si­gue igual. De nuevo se limitó a decir las mismas palabras: «¿Ah, sí?». Otra vez sin comprometerse con nada, sin decir nada, sen­cillamente aceptando el hecho: «¿Ah, sí?, muy bien».

Ésta es la consciencia de la pureza. Cuanto traiga la vida, dale la bienvenida. Si trae desgracia e insulto, acéptalo, dale la bienvenida. Si trae honor, felicidad, dale la bienvenida, acépta­lo. Y no hagas ninguna distinción entre ambos. Si diferencias, tu equilibrio se ha perdido y el equilibrio es la pureza.

Cuando eres equilibrado, eres un sabio. Cuando deja de ha­ber equilibrio, estás perdido, te has convertido en un pecador. El pecado no es algo que haces, el pecado es algo que sucede en tu interior cuando el equilibrio se ha perdido. No es un acto, es un equilibrio interno. Es lo que Mahavira llamó samyaktva: equilibrio interno; ni eso, ni esto. Entre ambos, ni hacia este lado, ni hacia este otro, porque si te mueves, aun el menor mo­vimiento que nadie detectará, excepto tú... Recuerda esto: na­die puede detectar tu equilibrio interno. Sólo tú puedes notarlo, ¡es tan sutil! Sólo un pequeño movimiento... y ya no estás en paz, ya no estás centrado, has perdido la divinidad. Porque ¿qué significa una ligera inclinación? Significa que has escogido, que se ha establecido una distinción, que has dicho esto es bue­no, esto es malo, que ha aparecido la expectación y que ha ger­minado el deseo. Significa que ahora estás motivado.

Si Hakuin hubiera dicho: «¡Bien! ¿O sea que os habéis en­terado de la verdad?», hubiera significado que no era un sa­bio, porque con ello hubiera querido decir que había estado esperando ese momento durante todo el año, que no había es­tado en el presente, sino que durante todo ese año había pen­sado en el futuro: «Un día u otro se sabrá la verdad. La gente me volverá a respetar. Cuando se enteren de que el niño no es mío, me respetarán de nuevo». Entonces hubiera esperado, pero el equilibrio se hubiera perdido...

Si Hakuin no hubiera sido un sabio, hubiera pensado y re­zado a Dios para que él revelara la verdad a la gente. Pero, ¿por qué? Si ocurre que un niño te ha sucedido, y la gente piensa que es tu hijo, si la vida te ha traído un hijo, ¿qué im­porta quién es el padre verdadero? ¡No importa! Hakuin le dio todos los cuidados, como un padre. El niño necesitaba un pa­dre, ésta era la cuestión. Y Hakuin le hizo de padre con tanto amor como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. In­cluso en el caso de que hubiera sido suyo, hubiera sido difícil darle tantos cuidados como le dio.

No era culpa del niño. No estaba contra él. Si hubieras es­tado en el lugar de Hakuin, hubieras matado al niño, porque era la causa de tu desgracia. Te hubieras desembarazado de él y te hubieras trasladado a otro pueblo donde la gente te respe­tase, porque no te conociese. Hubieras hecho algo para defen­der tu respeto -todo tu prestigio estaba hecho añicos-. Pero Hakuin se limitaba a ocuparse del niño, sin preocuparse del pueblo. Lo que diga la gente no es la cuestión, no tiene im­portancia. El niño necesitaba un padre, de modo que Hakuin se convirtió en su padre. No se inmutó, no reaccionó.

Y entonces, pasado un año..., cuando cuidas a un niño con tanto amor, nace el apego, es inevitable. Aunque el niño no sea tuyo, el niño se vuelve tuyo. Vivir con un niño durante un año y sufrir por él, sacrificar tanto por el niño, hace que naz­ca un profundo lazo, una profunda relación. Uno se apega. Pero cuando los parientes regresaron y explicaron toda la historia, le pidieron perdón y recuperaron al pequeño, el maestro se lo entregó sin hacerse rogar, sin que hubiera ni un solo temblor de apego. Sencillamente entregó el niño, dijo: «¿Ah, sí?», como si nada hubiera pasado. Todo el año había sido un sueño. Sólo el sueño se ha roto, y estás despierto.

Un sabio vive en este mundo entre vosotros, como si vi­viera en un sueño. Sois sombras. Vive entre vosotros como si representara un papel, no se involucra. Está aquí, pero no dentro, sigue siendo un extraño. (…)

Tu apego crea el engaño. Y el engaño no está fuera de ti, maya no está fuera de ti, está dentro, en tus actitudes: apega­do, escogiendo, a favor de esto y contra esto otro, haciendo distinciones, gusto y disgusto.

Está en ti. Creas tu ilusión y luego vives en ella, y enton­ces ella te aturde. (…)

Este Hakuin se mantuvo equilibrado. Cuanto sucedió afuera no le afectó para nada por dentro. Por dentro siguió equilibrado: no entraron ondas, vibraciones de fuera. Perma­neció callado, como si fuera un sueño. Y aceptó cuanto suce­dió. No se convirtió en un hacedor, un karta, siguió siendo un testigo.

Estas palabras, «¿Ah, sí?», pertenecen al alma que testifi­ca; sin emitir juicio, diciendo simplemente: «¿Ah, sí?». Y esto es todo cuanto había en su interior, «¿Ah, sí? Está bien».

Osho, "Diez historias zen"

2 comentaris:

  1. Todavía no he podido leer esta historia que nos has enviado.. no podía esperar (no es mi fuerte esperar.. lo sé, lo tengo que trabajar :))para decirte que en realidad no es de importancia para mí que ahora no tengas más palabras para "decirnos". No son necesarias, ya que lo más importante, al menos para mí, es saber que alguien como vos está dando vueltas por mi ordenador y que en cualquier caso, escribo y sé que tendré una respuesta, que tal vez sea de mi agrado tal vez no, pero es una respuesta de alguien que me ha demostrado lo valioso que es... gracias por tus selecciones, seguro que algo de tus palabras estan escondidas en ellas!
    Un abrazo mudo jeje!!
    Paula
    (de los confines del Sur de America)

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    Respostes
    1. Gracias Paula. A pesar de que siempre envío los mensajes a un listado de personas que ni siquiera conozco, sé que hay algunas como tú que también estáis siempre "ahí" y que si en algún momento os pidiera cualquier tipo de ayuda me la ofrecceríais de corazón. Aún en la distancia siento que tengo amig@s a los que seguramente nunca conoceré en persona pero que siento muy, muy cercanos. ¡Un fuerte abrazo!

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