¿Cómo podemos mejorar nuestras relaciones familiares?

Del mismo modo que pensar en cosas agradables nos ayuda a sentirnos mejor, el hecho de fijar nuestra atención en las cosas positivas de las personas también hace que mejore nuestra relación con ellas. Un ejemplo muy claro de que las cosas son así es el enamoramiento. Cuando nos enamoramos vemos solamente las cosas positivas del otro o la otra, y por eso durante las primeras etapas de una relación todo nos parece tan maravilloso. Sin embargo, con el paso del tiempo empiezan a surgir las primeras desavenencias cuando, a medida que vamos conociendo a nuestra pareja, nos damos cuenta de que hay cosas en ella que no nos gustan tanto. Estas diferencias pueden tener poca importancia, pero pueden acabar convirtiéndose en más significativas si en lugar de seguir fijándonos en todo lo que verdaderamente nos atrae de ella no dejamos de pensar en lo que nos desagrada.

En todas nuestras relaciones ocurre lo mismo. Cuando en una persona, por el motivo que sea, encontramos cosas que nos desagradan o incluso nos molestan o irritan, éstas se acaban convirtiendo en el único objeto de nuestra atención cuando nos relacionamos con ella. Cuando la tenemos delante sólo tenemos presente aquello que nos disgusta y olvidamos que, además de esta característica concreta, esa persona tiene muchas otras que también forman parte de ella y que muy posiblemente consideraríamos positivas.

Es evidente que hay personas a las que podemos evitar por la sencilla razón de que no nos sentimos a gusto a su lado, pero cuando se trata de personas cercanas, sobre todo de nuestra propia familia, esta solución no sirve de mucho. Por eso, si lo deseamos, podemos mejorar nuestra relación con ellas sencillamente viéndolas de otra forma. Si se trata de nuestra pareja podemos intentar recordar qué fue lo que nos atrajo de ella cuando la conocimos. Es posible que algunas cosas hayan cambiado, pero seguramente habrá otras que seguirán siendo las mismas. Por otro lado, quizás con el tiempo haya desarrollado alguna nueva que también nos parezca positiva. Obviamente hacer esto no cambiará a nadie, y tampoco es ese el objetivo, pero al fin y al cabo de lo que se trata es de que nosotros nos sintamos mejor y de que nuestra relación fluya de la mejor manera. El simple hecho de que nuestro estado emocional mejore cuando nos encontramos delante de ella hará que también nuestras reacciones a sus actitudes y acciones varíen, y eso indudablemente se notaré también en su manera de relacionarse con nosotros.

También en el caso de los hijos, cuando nos fijamos en las cosas que no nos gusta ver en ellos es cuando más las vemos. Como sucede con las demás personas, el comportamiento que evocamos en ellos tiene mucho que ver con nosotros mismos. Aunque parezca imposible, el hecho de que nos preocupemos tanto por ellos y los tengamos siempre presentes en nuestro pensamiento hace que precisamente nuestra influencia sea aún más fuerte. De algún modo, sin darnos cuenta estamos “llamando al mal tiempo” cada vez que ya suponemos cómo reaccionará o cómo se “portará”. Sin saberlo estamos prejuzgando su comportamiento antes de que se produzca, porque estamos tan acostumbrados a que las cosas sean de una forma determinada que estamos seguros de que continuarán siendo igual. Así, nuestra actitud hacia ellos ya es distinta de la que tendríamos si no tuviéramos en cuenta todas sus reacciones y comportamientos anteriores, y eso hace que les hablemos con un tono de voz distinto, que tengamos menos paciencia y que cosas aparentemente de poca importancia se acaben convirtiendo en grandes problemas porque se repiten día tras día (como por ejemplo que no recojan su habitación o no quiten su plato de la mesa).

Si no fijáramos nuestra atención en el comportamiento que nos desagrada repitiéndolo frecuentemente en nuestros pensamientos, hablando de él con otras personas y preocupándonos de forma constante, no estaríamos contribuyendo a que siempre se repitiera de la misma manera. Si cuando pensamos en nuestros hijos nos fijamos en lo que deseamos ver en lugar de en lo que no deseamos ver, poco a poco empezaremos a apreciarlo, ya que en realidad lo que ellos quieren es sentirse valorados. Si nos relacionamos con ellos en un estado de frustración, rabia, miedo o preocupación, evocaremos en ellos el comportamiento que no deseamos. Si, en cambio, lo hacemos con apreciación, entusiasmo y amor, ellos reaccionarán comportándose de la misma forma.

Nada cambia de un día para otro, y todo es cuestión de práctica, pero vale la pena un esfuerzo de este tipo por las grandes satisfacciones y beneficios que comporta. Si tienes hijos recuerda siempre que no vinieron al mundo para complacerte a ti, del mismo modo que tú no viniste al mundo para complacer a tus padres. A menudo olvidamos que muchas de las cosas que les pedimos para ellos no tienen ningún sentido ni importancia y por eso les cuesta tanto hacerlas. La mayoría de veces somos nosotros quienes esperamos que las cosas sean o se hagan de una determinada manera sencillamente porque nos gusta así o, incluso, porque aprendimos que debían ser de ese modo y no podían ser de otro.

En el fondo, problemas verdaderamente graves con los hijos no hay tantos. Generalmente se reducen a una falta de obediencia cuando se les pide que hagan algo. Pero parémonos a pensar un momento: en una persona adulta ¿no se valora muy positivamente que viva su vida de forma independiente y que tenga una personalidad que no se doblegue según lo que piense o haga la mayoría sólo para quedar bien? ¡Pues eso mismo es lo que hacen los niños y niñas cuando empiezan a mostrar signos de rebeldía! Se están afirmando como personas y no encuentran justo tener que hacer las cosas sólo porque se las diga alguien, por adulto que sea. Algunos de ellos tienen una personalidad más fuerte ya desde los primeros años de vida y parece que les guste llevar la contraria; otros empiezan a mostrarlo en la pre-adolescencia, cuando empiezan a darse cuenta de que no son una prolongación de sus padres. Y finalmente, están los que no se muestran rebeldes hasta la “temida” adolescencia, que sinceramente y contrariamente a lo que piensa mucha gente, creo que es una de las etapas más maravillosas de la vida, precisamente porque es la primera oportunidad que tenemos de cuestionarnos si estamos de acuerdo o no con todo lo que las personas que nos han educado nos han transmitido sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea. ¡Por fin podemos empezar a decidir y pensar por nosotros mismos! ¿Por qué padres y maestros “sufren” tanto y consideran esta rebeldía tan “negativa”? Pues sencillamente porque ya no pueden controlar a sus hijos o alumnos y hacerlos ir por donde ellos quieren, y porque ahora todo lo que dicen ya ha dejado de ser la única verdad “absoluta”… ¡Y esto cuesta de aceptar! Como ya he dicho antes, si la actitud con la que se trata a los adolescentes también fuera de apreciación, valoración y respeto, seguramente no habría tantos desacuerdos y esta etapa de la vida dejaría de verse tan negativamente.

Así pues, sean cuales sean nuestras relaciones, éstas dependen de nosotros más de lo que creemos. El hecho de ver sólo las cosas “positivas” del otro no hace que seamos menos realistas ni que le estemos ensalzando sin motivo. En realidad somos nosotros los primeros que nos beneficiamos de ello, ya que esto repercute directamente en cómo nos sentimos. Además, si nuestra relación mejora ¡ambas partes salimos ganando!

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