Aprender a perdonar

Una de las cosas que más le ha costado aprender a mi hija mayor es pedir perdón. La primera vez que se me acercó y me dijo: “Mamá, siento todo lo que te he dicho antes; perdóname” sentí una gran alegría, pues eso significaba que por fin había tomado conciencia de que sus palabras y acciones podían hacer daño a terceras personas.

¿Por qué hay gente a quien cuesta tanto decir “perdón”? Supongo que debe ser porque esto implica reconocer los propios errores, reconocer que se ha hecho daño, y a nadie le gusta ver las partes “oscuras” de sí mismo.

Sí que es cierto que si miramos las cosas desde el punto de vista espiritual, nada ni nadie nos puede hacer daño si nosotros no lo permitimos. Todo lo que nos rodea, todas las experiencias que vivimos, son un reflejo de nosotros mismos, de modo que cuando nos sentimos heridos por las palabras o las acciones de alguien, lo que en realidad nos duele es que esa persona nos está poniendo delante algo que nosotros pensamos o sentimos sobre nosotros mismos.

Cuando tu pareja te abandona, una de las primeras cosas que sientes es una gran pérdida de autoestima. El hecho de que te dejen hace que sientas que no eres lo suficientemente bueno o buena, que te han dejado para encontrar a alguien “mejor” que tú… ¡Pero en realidad, esa sensación ya la tenías antes de que te abandonaran! Cuando alguien te critica, no son sus palabras las que te hacen daño, ¡sino las muchas veces que tú te has criticado! Cuando un a migo o una amiga te traiciona, tu dolor no es por su traición, sino porque sientes que fuiste demasiado inocente por confiar en él o ella, que tendrías que haber sido capaz de darte cuenta de que esa persona no era lo que imaginabas… ¡y te lo recriminas!

Es precisamente por todo eso por lo que es tan importante aprender, por un lado, a pedir perdón, y por otro, a perdonar… Cuando pedimos perdón a otra persona, en el fondo nos lo estamos pidiendo a nosotros mismos por no ser perfectos. Estamos aceptando que a veces nos equivocamos y, al mismo tiempo, que hay partes de nosotros que no nos gustan. Y reconocer estas partes “oscuras” y nuestra “imperfección” humana, es el primer paso para aceptarnos plenamente.

En mi opinión, y lejos de lo que opinan la mayoría de psicólogos, psiquiatras, filósofos, etc., no creo que sentirse culpable sea nada “malo”. El hecho de reconocer que somos “culpables” de algo es lo que nos permite llegar a un punto en el que somos capaces de cambiar. Arrastrar sentimientos de culpa por hechos del pasado y regodearnos en su recuerdo de que un día hicimos daño a alguien sólo nos aporta dolor, pero si somos capaces de dar un paso más, la propia culpa provocará un cambio en nosotros mismos que permitirá que aprendamos de la experiencia y no volvamos a repetirla.

Y así, al pedir perdón, al mismo tiempo somos nosotros quienes perdonamos… nos perdonamos por haber hecho daño al otro y por habernos fallado a nosotros mismos.

Pero no siempre es fácil perdonar. Decir “Te perdono” no tiene ningún valor si no se siente en el corazón. Y esta es la parte que más cuesta…

Perdonar no significa estar de acuerdo con lo que el otro ha hecho. No significa aprobar su conducta. No implica cambiar la propia forma de pensar. No representa dejar de lado tus creencias. Perdonar es ser capaz de ponerte en la piel del otro y comprender que lo que esta persona hizo en aquel momento fue lo único que su conocimiento y su consciencia le permitieron… ¡No sabía hacerlo de otro modo! Si hubieras estado en su lugar, habiendo vivido su vida y habiendo pasado por sus experiencias, ¡seguramente tú también habrías actuado igual!

En el fondo, para perdonar tenemos que dejar de juzgar… y quizás eso es lo que más nos cuesta. Y no sólo a los demás y a las situaciones con la que nos encontramos, sino sobre todo a nosotros mismos. Aceptar plenamente nuestra humanidad, nuestra imperfección, hace que seamos capaces de aceptar la humanidad y la imperfección de los demás, y sólo eso es lo que nos permitirá perdonar; perdonarles y perdonarnos.

Creo que la falta de amor es la auténtica fuente de todo dolor. Creemos que amamos, pero continuamente nos encontramos con situaciones que ponen de manifiesto que nuestro amor no es incondicional. Amar incondicionalmente, “sin condiciones”, es amarte tal y como eres, con todas tus partes, te gusten o no… y amar a los demás del mismo modo. Y si eres capaz de esto, también serás capaz de perdonar.

Mi hija ha dado un gran paso. La conozco y sé que le cuesta mucho aceptar su imperfección. Tiene mucho miedo a fallar, a no ser perfecta, y esto le causa una angustia que todavía no es capaz de reconocer. Y por mucho que me duela, sus miedos son los míos propios, los que le transmití en el mismo momento en que empezó a gestarse en mi interior… Las dos estamos aprendiendo. Yo he tardado muchos años en aceptar ciertas partes de mí misma, y todavía me queda trabajo por hacer. Gracias a ella y a mi hija pequeña me he dado cuenta de muchas cosas de mí misma que no era capaz de ver. Son dos maestras maravillosas que tienen tantas cosas a enseñarme como yo a ellas… y por eso y por todo el amor que compartimos les doy las gracias por acompañarme en esta aventura que es la vida, AQUÍ y AHORA.

¡Un abrazo mágico!

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